Actualidad Judía

El Gran Rabino Israel Meir Lau visitó nuestra comunidad

Noviembre 2019

A principios de noviembre, nuestra comunidad fue honrada con la visita del rabino Israel Meir Lau, actual presidente de Yad Vashem y quien ha fungido como Gran Rabino de Tel Aviv y Gran Rabino de Israel, junto a su esposa, la Rabanit Haya.

A lo largo de cuatro días, los invitados de honor vivieron un shabat en nuestra kehilá y compartieron con sus miembros a través de una visita al Instituto Dr. Jaim Weizman, el lunes 11 de noviembre por la mañana (ver nota aparte), y una conmovedora charla magistral el domingo 10 de noviembre en la Sinagoga Shaarei Tzion.

Reconocido mundialmente por sus dotes de orador, principalmente hablando sobre su experiencia como sobreviviente de la Shoá, a lo largo de poco más de una hora el Rabino Lau mantuvo cautivo al público de más de 500 personas.

Primero expresó su gratitud y emoción por ser invitado a nuestra kehilá, una comunidad fundada por judíos que huyeron de Polonia, el mismo país que lo vio nacer en 1937 en la localidad de Pyotrekov, donde su padre fue el último rabino de dicha comunidad; y luego advirtió que no dedicaría la noche a contar sus vivencias durante el Holocausto “para eso escribí un libro”, dijo, refiriéndose a su autobiografía “Fuera del abismo: Del infierno de Buchenwald a la Tierra Prometida”, que narra su inspiradora historia como uno de los sobrevivientes más jóvenes de Buchenwald –no había cumplido los ocho años cuando fue liberado por tropas aliadas–. 

No obstante, sí empezó su charla contando sus dos recuerdos más dolorosos de la Shoá; y luego procedió a narrar detalladamente dos episodios de su vida en libertad, antes de llegar a Israel.

“Estos dos minutos a lo largo de seis años (de la Shoá) fueron los más impresionantes y dramáticos para mí”, dijo Lau. El primero de esos instantes es la primera imagen que Lau recuerda del Holocausto, cuando la Gestapo llegó a Pyotrekov y, en la plaza, frente a todos, los oficiales golpearon fuertemente a su padre, hasta que se cayó al piso, por haberse negado a cortarse la barba. También, esa fue la última vez que vio a su padre. Años más tarde sabría su destino: fue asesinado en Treblinka.

El otro instante fue la última vez que vio a su madre. Tras permanecer en el ghetto junto a ella y su hermano mayor, Naphtali, un día los nazis les dijeron que debían salir de ahí rápidamente. Antes de abordar el tren, los oficiales empezaron a dividir a la gente: mujeres y niños estaban en un grupo, hombres en otro. “Mi madre entendió que la selección significaba que no íbamos en el mismo tren, que no íbamos a ir al mismo lugar”, cuenta Lau. De repente, el pequeño sintió que su madre lo arrojaba al otro grupo, junto a su hermano, y le gritaba a Naphtali ‘cuida del niño’. “Luego vi a mi mamá en el vagón del tren mientras partía, esa fue la última vez que vi a mi madre”.

Volver a sentirse ser humano

“Tras el horror de seis años, fuimos liberados por los americanos el 11 de abril de 1945”, cuenta Lau. El pequeño niño estaba escondido de bajo un montón de cadáveres cuando el campo de concentración de Buchenwald fue liberado. Uno de los soldados lo vio. Pero no fue cualquier soldado, era un rabino, el capellán de esa unidad.  “Me tomó entre sus brazos y me alzó, llorando…quería calmarme, así que empezó a sonreírme y me preguntó en yidish: ‘¿cuántos años tienes niño?’. Yo le contesté: ‘qué diferencia da, soy mayor que usted’. Yo tenía casi ocho años, pero mi apariencia era de un niño de cinco años. Por años no vi un vaso de leche o un huevo; solo agua, pan, a veces una papa.  Y él me dijo: ‘¿por qué crees que eres mayor que yo?’. Yo le contesté: ‘porque usted llora y sonríe como un bebé. Ya yo no sonrío, tampoco lloro, así que dígame, ¿quién es mayor?’”.

Pasaron 38 años hasta que el rabino Lau y el rabino Herschel Schacter volvieron a encontrarse. El encuentro se dio durante una reunión de todos los sobrevivientes de Buchenwald, organizada por el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Para ese momento, Lau ya era el rabino principal de Natanya y Schacter el líder de La Conferencia de Presidentes de las Mayores Organizaciones Judías de los Estados Unidos.

Tras la liberación de Buchenwald, Lau junto a otros 400 niños huérfanos del Holocausto fue llevado a un orfanato en Écouis, Francia, para recibir atención médica, alimentación, educación y demás cuidados antes de definir su destino. Un día, les anunciaron que esa tarde vendrían a visitarlos distintos dirigentes de la localidad y que debían asistir a una asamblea. Los niños no querían ir, estaban molestos, ¿dónde había estado toda esta gente durante la guerra?, ¿por qué no los rescataron antes?

Pero fueron persuadidos por Rachel Mintz, la señora judía que los cuidaba, y asistieron a la actividad, mas permanecieron con sus cabezas agachadas, con la mirada hacia el suelo. Hasta que llegó el último orador de la tarde, un señor de apellido judío, el señor Leibowitz.

Leibowitz era originario de Polonia, antes de la Guerra había establecido fábricas de textiles en Polonia y en Francia, contó el rabino Lau. Durante el Holocausto perdió a su esposa y a sus hijos, y al finalizar la guerra se dio cuenta que nada lo ataba a Polonia así que se fue a Francia. Para su sorpresa, el administrador de la fábrica había mantenido el negocio andando, le comentó que habían hecho mucho dinero durante la guerra: le vendían a los alemanes la materia prima para hacer sus uniformes. Leibowitz no quería ni un franco de ese dinero, así que lo destinó al bienestar de los niños huérfanos de la Shoá en el orfanato de Écouis.

“Subió al podio y lo único que pudo decir en Yidish fue ‘¡Niños!, ¡mis niños!’. No podía decir más, estaba muy emocionado. Nos miraba como si fuéramos sus hijos. Y, de repente, todos los niños levantamos nuestras cabezas para mirarlo y él empezó a llorar en el micrófono”, contó el rabino Lau.

Luego llegó el milagro: las lágrimas empezaron a correr sobre los rostros de los niños.  Aaron, uno de los mayores del grupo de huérfanos, se levantó y habló. “Gracias, dijo Aaron. No por esta visita, ni por estos regalos, no los queríamos. Gracias por el regalo que usted nos ha dado hoy: la habilidad de llorar. Esto es un gran obsequio… hace tan solo unos minutos acabo de hacer un gran descubrimiento: todavía somos seres humanos. Y le digo un secreto: aquel que puede llorar hoy, tiene la oportunidad de reír mañana, dijo Aaron”.

Nunca olvidar

El rabino Lau cerró su ponencia contestando una pregunta que siempre le hacen: ¿qué va a pasar cuándo ya no queden sobrevivientes de la Shoá?

“Yo soy optimista: esto nunca se olvidará”, dijo. Y dio cuatro razones por las que la Shoá nunca será olvidada: la primera porque existe una institución, Yad Vashem, para asegurarnos que esto nunca se pueda olvidar; la segunda razón es que cada año vemos nuevos eventos antisemitas alrededor del mundo, “la Shoá nunca será olvidada porque todos los días alguien nos va a recordar que somos judíos”; la tercera razón es la cantidad de libros y películas que se han escrito y hecho sobre la Shoá; y la cuarta razón está en la Torá misma: dentro de las 613 mitzvot está que no podemos olvidar a Amalek, y los nazis son el Amalek de nuestros tiempos.

 

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